Con una de copa de licor engarzada de lapislázuli,
espérala.
En el estanque de agua
rodeado de la tarde y la fragancia de las flores,
espérala.
Con la paciencia del caballo
dispuesto a los declives de la montaña,
espérala.
Con el tacto delicado del alto príncipe,
espérala.
Con siete cojines rellenos de leves nubes,
espérala.
Con el fuego femenino del incienso,
llenando los lugares,
espérala.
Con el olor del sándalo,
de hombre a lomos de un caballo,
espérala sin prisa.
Aunque llegue después de la cita, espérala.
Aunque llegue antes,
espérala sin espantar a los pájaros de sus trenzas.
Espérala.
Para que ella se siente en calma como si el jardín
estuviera en el auge de sus atavíos.
Espérala.
Para que sople en su corazón ese aire extraño.
Espérala para que, como pasan las nubes,
levante de sus muslos el vestido.
Espérala y llévala a un balcón para mirar la luna que se ahoga en leche.
Espérala y sírvele el agua antes que el vino
sin mirar las perdices armoniosas en su pecho.
Espérala y toca despacio sus manos
cuando sobre el mármol ponga la copa,
como si le trajeras la humedad.
Espérala y háblale como si una flauta le hablara a la cuerda temerosa del violín,
como si fuerais testigos de lo que el mañana
os prepara.
Espérala y pule como un anillo su noche.
Espérala hasta que la noche te diga
que sólo quedáis vosotros dos en la vida.
Y llévala, con cariño, hasta tu deseada muerte. ¡Espérala...!.
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MAHMOUD  DARWICH

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